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30 de mayo de 2009

En pedacitos de cristal.


Helen lloraba al otro lado de la puerta, ambas manos apoyadas en el pecho y un rostro pálido de dolor. Se oían patadas a las paredes, gritos, y jadeos de él con un sonido tan hueco que casi ni se llegaba a entender lo que decía. Buscaba algo, pero no lo encontraba; algo que realmente necesitaba. Ella las guardaba en un sobre húmedo por sus lágrimas y lo apretaba con sus escuálidas, blanquecidas y cuidadas manos. Al otro lado de la puerta, golpes secos, áridos y repetitivos intentaban empujar la puerta abajo, y Helen, después de reflexionar a llantos unos segundos, decidió esconderse en el ático de arriba del todo. Huyó rápidamente, intentando no resquebrajar el suelo ni hacer ruido por la madera de las escaleras casi podridas que llevaban arriba. Abajo se oían chillidos, voces rotas, patadas a la  puerta y sonido de cristales rompiéndose. Se intentó esconder detrás de un cofre en el fondo de la habitación. Miró su sobre y pensó donde debería guardarlo para que no lo encontrase. Si lo tira por la ventana, él saltaría detrás y jugarse la vida por otra más. Si lo escondía, él las buscaría hasta encontrarlas todas. Lo que debía hacer, lo tenía claro. De un golpe sordo tiró la puerta y empezó a correr hacia alguna parte, al borde de la locura. Después de unos minutos buscándola por toda la casa, subió al ático. Ella se levantó y le miró fijamente. El balbuceó palabras sin sentido, queriendo decir "dámelas". Helen le mantuvo la mirada todo el tiempo que pudo, hasta que él se acercó sin fuerzas. Ella, sin mover ni un otro hueso, le enseñó el sobre, y sacó el Cristal. Era lo que él buscaba, su Metanfetamina. Las miró con terror y a la vez lujuria, deseando tomarse su dosis pero a la vez pensando que es lo que iba a hacer con ello. Helen, aparentemente sobria, seria y calmada acercó el sobre con el Cristal a su boca, y se tragó todas las pastillas. No quedaba ni una. Él, miró fijamente aterrorizado la situación, nublado por la adicción y muerto por el pavor. Desplomada, cayó al suelo y dejó de respirar. Él se dio cuenta de todo el mal que había hecho por esas pastillas de pura droga. Remplazaron a Helen y ella, era la mujer de su vida.

4 comentarios:

Betzabé!!! dijo...

Wow!!! Me tuviste leyendo para saber lo que había en el dichoso sobre, al leer el final se me hizo un nudo en la garganta y un hueco en la barriga... qué bien escribes.

Siôrs dijo...

Vaya, que final más trágico...

Buen blog el tuyo, me pasaré más por aqui :)

La drogadicta de Trafalgar Square. dijo...

No te equivoques, la mujer de su vida era la droga. Helen, era la mujer de su muerte.

Qué cercano se me hace esto.

Aurora ya ha marchado tras la luna. Con ella ha ido él y también Ennuz :]

Un beso!

Leonard dijo...

Me tuviste en ascuas, en un enigma muy bien estructurado, en un frenesí muy real, muy apropiado.^^

Flowers are growing all over my bones.

No pretendo en absoluto ser la más famosa de todo Blogger, no. Lo que intento es tener un rinconcito en la web para que amantes de la literatura y adictos al placer de escribir se tomen unos minutos para leer algún que otro relato, algún que otro párrafo y para opinar sobre mis minutos de tecleo nocturnos. La verdad, prefiero que os sinceréis conmigo criticando mis poligrafías de manera constructiva; -pues siempre se aprende más de lo que te han enseñado, reprochado y corregido-, que digáis 'está muy bien.' Por una vez, quiero que me juzguen por lo que escribo.